Abr 072026
 

¿Fracasó el 15 M?

Creo que, a 15 años vista, más allá de simplemente celebrar esta efemérides del 15M, toca hacer un análisis pero no solo desde el pasado, sino plantearlo también desde el futuro. ¿Qué faltó para lograr sus objetivos? ¿En qué se quedo corto? ¿Cómo podría mejorarse?     

Para mí, decir que el 15M “fracasó” exigiría una matización previa. No fracasó del todo. Dejó una huella cultural, moral y política evidente. Cambió el lenguaje público, abrió preguntas incómodas, rompió inercias, deslegitimó parte del viejo «consenso»1 y dio expresión a un malestar real que estaba ampliamente extendido. Durante un tiempo, muchas personas sintieron que la política podía volver a pertenecerles. Y eso no fue poco.

Pero al mismo tiempo, sí creo que el 15M fracasó en algo decisivo: no consiguió traducir aquella enorme energía social en mecanismos estables de consenso social, inteligencia colectiva, decisión democrática y representación real de la sociedad. Tuvo potencia simbólica, pero no arquitectura. Tuvo legitimidad emocional, pero no herramientas suficientes para convertir esa legitimidad en procesos eficaces, amplios y sostenibles. Y ahí, a mi juicio, estuvieron algunas de sus limitaciones más profundas, que básicamente resumiría en tres grandes carencias.

Problemas de escala y sacralización del asamblearismo local

La primera fue la ausencia de verdaderos mecanismos de agregación de intenciones y de decisión colectiva. Se habló mucho de participación y de consenso, pero se pensó poco en cómo articularla a gran escala en la era de internet. Se idealizó la asamblea como si fuera la forma natural y superior de la democracia, cuando en realidad la asamblea es un dispositivo muy antiguo (la Grecia antigua, pongamos por caso), propio de contextos donde la escala, la velocidad y la complejidad social eran otras. Su valor era indudable como espacio de encuentro, de catarsis, de deliberación y de aprendizaje mutuo. Pero una cosa es deliberar, y otra decidir con legitimidad en nombre de muchos. Y es que como puede comprobarse aquí el 15 M salió de las redes, pero en cuanto se asentó la gente en las asambleas, y tomó físicamente algunas plazas, internet dejó de ser el medio y se quedó en una forma de comunicación básica que nada tenía que ver con el proceso desde el que se gestó.

Ahí creo que hubo un anacronismo importante. Se quiso responder a una crisis del siglo XXI con formas políticas heredadas, en gran medida, de horizontes mucho más antiguos. En la edad de la información, con millones de personas conectadas, con posibilidad técnica de consultar, contrastar, sintetizar y agregar preferencias de maneras nuevas, se siguió actuando muchas veces como si la presencia física de unos cuantos en una plaza o en un local bastara para expresar la voluntad popular. La asamblea fue elevada demasiado al altar. Se la sacralizó. Y al sacralizarla, dejó de verse con claridad su límite principal: las decisiones quedaban sujetas al aquí y al ahora, al clima emocional del momento, a quién tenía más tiempo, más voz, más capacidad retórica o más resistencia física para permanecer allí horas y horas.

No bastaba con reunirse. Hubo una defensa quizá exagerada de la horizontalidad por encima de cualquier otra consideración. Sin estructura, sin liquidez, se sacrificó la operatividad en aras de una supuesta igualdad que no estaba necesariamente comprometida por organizarse. Había que preguntarse cómo se transformaba una conversación en una decisión legítima y escalable. Cómo se integraban las voces ausentes. Cómo se evitaba que la participación efectiva quedara en manos de minorías muy activas (o las que podían quedarse ocupando la plaza) pero poco representativas. Cómo se pasaba de la expresión del malestar a un sistema de inteligencia colectiva y consenso de grandes números capaz de escuchar a miles, decantar posiciones, establecer prioridades y decidir sin reducirlo todo al aplauso, al consenso ambiguo o a la fatiga de una asamblea interminable. Ese salto, que era central, no se dio.

Dirección centrípeta, y el problema de la representación

La segunda limitación fue una especie de energía centrípeta. En vez de expandirse realmente hacia la sociedad, muchas dinámicas del 15M tendieron a replegarse sobre sus propios núcleos de activistas. En no pocas ocasiones éramos cuatro gatos y nos arrogábamos ser “la asamblea popular” de un barrio, de un distrito o de una comunidad, cuando en realidad apenas estábamos representándonos a nosotros mismos. Y ese, para mí, fue un problema político de fondo.

Porque una cosa es autoconvocarse y otra muy distinta representar. Una cosa es abrir un espacio ciudadano, y otra dar por hecho que ese espacio ya encarna la voz del conjunto. Faltó humildad democrática para reconocer esa diferencia. Faltó salir de verdad a preguntarle al barrio qué pensaba, qué quería, cuáles eran sus prioridades, qué ritmos podía sostener, qué lenguajes entendía y cuáles rechazaba. Faltó diseñar procedimientos que no giraran solo alrededor de quienes ya estaban convencidos, politizados o disponibles. Lo que no entendió el 15M es que no era quien debía tomar las decisiones sino que era la sociedad, toda la sociedad, la que debía hacerlo, y no se crearon los mecanismos para llevarlo a cabo. Así se cayó de nuevo en la representación («No nos representan») y las personas que no abandonaban la asamblea ni una hora, porque podían, comenzaron a burocratizarse porque era ahí donde se controlaba ese poder. El poder del aquí y el ahora.

Se produjo así una paradoja: un movimiento que hablaba en nombre de la mayoría social fue funcionando, muchas veces, con lógicas de minoría intensiva. En lugar de desarrollar una fuerza centrífuga, capaz de irradiar hacia afuera, buscar el consenso social, la voluntad general, escuchar al conjunto, y dejarse modificar por él, generó una dinámica centrípeta, en la que la energía regresaba una y otra vez al pequeño círculo de los ya implicados. El resultado fue que el movimiento terminó hablando mucho consigo mismo y de problemas internos. Parar los desahucios injustos pudo y puede ser importante, pero no justificaban tomar tanta importancia porcentual en asambleas de un movimiento que busca una renovación democrática global. Y cuando un movimiento social empieza a escucharse más a sí mismo que a la sociedad a la que pretende interpelar, comienza su encierro.

Exceso y colonización de ideologías

La tercera gran limitación fue el peso creciente de la ideología. El 15M nació con una amplitud muy notable. Su fuerza inicial residía precisamente en eso: en que podía reunir a personas muy distintas alrededor de unas pocas intuiciones básicas, compartibles por casi cualquiera. La crítica a la corrupción, a la partitocracia cerrada, a la captura de las instituciones, a la impotencia ciudadana, a la falta de mecanismos reales de participación, al secuestro de la democracia por poderes económicos y mediáticos. La reivindicación del consenso, de la democracia real y de la noviolencia. Ahí había un suelo común potentísimo.

Sin embargo, con el tiempo, en muchos espacios esa anchura se fue estrechando. Surgieron las banderas. Se olvidaron los consensos de mínimos. Fueron ganando peso marcos ideológicos más cerrados, sobre todo de tradición marxista y anarquista, que podían ser legítimos como corrientes de pensamiento, pero que no servían para sostener un movimiento transversal. Cuando las consignas ideológicas pasan por delante de las orientaciones democráticas básicas, el campo se reduce. Y cuando el campo se reduce, el movimiento deja de ser una invitación amplia y empieza a convertirse en un espacio identitario. Al no estructurarse una propuesta clara de reforma democrática desde el propio movimiento, fue rentabilizado electoralmente por otros que no poseían valores fundamentales acordes con ese movimiento que no tenía que ver con coordenadas de izquierda o derecha… y que al cabo entraron en esa manía tan española de polarizar a la sociedad levantando y defendiendo banderas ideológicas e identitarias, en vez de poner la prioridad en reformar los mecanismos de algo que «le llaman democracia y no lo es». Luego se vería que internamente los «aprovechados» tampoco aplicaban ni desarrollaban democracia real, sino que ponían el asalto por encima del consenso, arrogándose «yo os represento». 

A mi juicio, el error no fue que hubiera ideología. Eso es inevitable. Toda acción política contiene presupuestos, valores, visiones del mundo. El error fue permitir que determinadas ideologías colonizaran un movimiento que tenía su mayor fuerza en estar por encima de ellas, o más exactamente, en situarse en un plano anterior: el de la regeneración democrática, la mejora de los procedimientos colectivos, la apertura de canales reales de participación y decisión. El eje no debía haber sido “imponer una visión ideológica del mundo”, sino “mejorar las reglas, los métodos y las estructuras para que una sociedad plural pudiera decidir mejor sobre sí misma”, lograr un consenso social, develar una voluntad general.

Mirando al futuro; las lecciones aprendidas

Quizá esa era la gran tarea histórica que el 15M entrevió, pero no alcanzó a formular del todo: no tanto conquistar el poder en sentido clásico, ni repetir viejos esquemas revolucionarios o asamblearios, sino inaugurar una nueva generación de herramientas democráticas. Herramientas capaces de combinar deliberación y consulta, presencia física y participación distribuida, debate y agregación de preferencias, diversidad social y eficacia decisoria. En otras palabras: pasar de la protesta moral a la ingeniería democrática.

Desde esa perspectiva, el 15M no cayó solo por presiones externas, por desgaste o por cooptación institucional. Cayó también por insuficiencias internas. Porque no supo resolver el problema de la escala. Porque confundió a veces intensidad con representatividad. Porque convirtió ciertos métodos en dogmas. Y porque dejó que la amplitud democrática inicial se fuera estrechando bajo lenguajes ideológicos que no podían expresar a la mayoría social.

Sin embargo, su principal legado quizá no sea lo que logró, sino la pregunta que dejó abierta. La pregunta por cómo democratizar de verdad la democracia en una sociedad compleja, digital, masiva e interconectada. La pregunta por cómo construir mecanismos de decisión colectiva que no dependan solo de élites, partidos o asambleas presenciales agotadoras. La pregunta por cómo hacer que la inteligencia distribuida de una sociedad pueda expresarse sin quedar secuestrada por minorías organizadas, aparatos ideológicos o rituales participativos que simulan inclusión pero no la garantizan.

Por eso, más que ver el 15M como un episodio fallido sin más, prefiero verlo como un ensayo insuficiente, pero revelador. Mostró una necesidad real, pero no encontró aún su forma. Señaló una dirección, pero no construyó el vehículo. Intuyó que la democracia representativa tradicional estaba agotada, pero no supo alumbrar todavía una democracia colectiva a la altura de nuestro tiempo.

Tal vez su fracaso no consista en haber querido demasiado, sino en haber imaginado demasiado poco en el terreno de los métodos. Porque la indignación estaba. La legitimidad social, también. Lo que faltó fue una tecnología política y democrática capaz de convertir aquella energía en una inteligencia común duradera, abierta y verdaderamente representativa.

Como conclusión, creo que si algo evolutivo y transformador puede surgir del aporte y de los cimientos de 15M, sería 1) integrando y transcendiendo la asamblea local en mecanismos de integración de consenso e inteligencia colectiva, apoyados en métodos tecnológicos acordes con el siglo XXI, 2) teniendo una vocación expansiva (no centrípeta) aunando voluntades y grandes consensos hacia esferas globales más allá de lo local y 3) poniendo la renovación democrática como primario sobre cualquier sesgo ideológico y superar las polarizaciones construyendo el futuro sobre una base consensuada respetuosa con los derechos humanos, la paz y la noviolencia.  

  1. En la Transición, «consenso» se asoció a la «política de consenso» y a los Pactos de la Moncloa, o sea, a un acuerdo entre cúpulas. Tras el 15M, en cambio, pasó a entenderse más como un proceso de decisiones realmente compartidas entre conjuntos humanos, participativa y con componente emotivo, y no como un pacto o negociación desde arriba. []
Dic 072017
 

¿Hasta qué punto vivimos en una democracia avanzada? ¿Qué tipo de democracia podemos plantearnos en el siglo XXI? Si nos planteamos que el ser humano es, entre otras cosas, un ser que decide y nadie cuestiona el derecho a decidir, individual y colectivamente, podemos plantearnos el qué, el quiénes y el cómo se decide.

Si profundizamos en este tema es porque, si la violencia es imposición de unos seres humanos por otros, la paz y la noviolencia dependerán de lo que evolucionemos hacia la democracia real y la inteligencia colectiva.

La vigente Constitución, que ayer cumplió 39 años, proclama en su preámbulo la voluntad de los españoles de establecer una sociedad democrática avanzada. Como sabemos, la Constitución fue votada en un referéndum sí/no hace ya casi 40 años. La mayoría de los españoles que la votó ya no están entre nosotros. Sin embargo, citemos de pasada el conflicto catalán, hoy todo el mundo se abandera en la democracia, pero ¿cómo de avanzada es nuestra democracia actual? ¿qué niveles podemos exigirle a la democracia en pleno S.XXI?  Continue reading »

Ago 232016
 

El 15 de Mayo de 2011 se produjeron hechos importantes en este país que hicieron que muchos soñásemos con un cambio y que volviéramos a interesarnos en actividades y luchas políticas. Pero no creo que exagero si califico el fenómeno como algo “psicosocial”, dado que sus implicaciones no eran solamente políticas sino que iban un poco más allá, hacia un cambio de paradigma social. “Dormíamos, despertamos”

Sin embargo, al no definirse y concretarse ese nuevo paradigma a su vez no creó barreras o acotaciones de su pensamiento. En los primeros meses sólo se llegaron a concretar cuatro reivindicaciones en el llamado “consenso de mínimos” (Reforma electoral y participación ciudadana,  transparencia y no corrupción, separación de poderes y mecanismos de control ciudadano de la responsabilidad política) (ver aquí). Es curioso ver que en esas cuatro propuestas lo que prima es la mejora de sistema democrático (o “regeneración democrática”) hacia una democracia real (“Le llaman democracia y no lo es”, “No nos representan”) y no se incluyeron medidas de corte económico aunque de fondo parecía haber indignación también por el pisoteo de derechos y la situación de crisis continuada (“No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, “No es una crisis, es una estafa”) puesta de manifiesto tras la llamada “crisis” de 2008.   Continue reading »

Ene 222016
 

A un mes pasado de las elecciones 20D puede ser un buen momento para reflexionar en que es lo que se ha conseguido tras más de cuatro años y medio después del 15M.

No puede negarse que el 15 M supuso muchos cambios en los paradigmas políticos de la sociedad. Muchos están de acuerdo en que ha sido el hecho político más importante tras la muerte del dictador. Entre otras cosas supuso que mucha gente nos volviésemos a interesar por la política… ¿Recordáis aquellas primeras asambleas tras el “No nos representan” y “Le llaman democracia y no lo es”? Se anhelaba un cambio que tenía por centro no tanto una determinada ideología, sino una propuesta metodológica distinta (horizontalidad, democracia directa, participativa, o al menos como mínimo realmente representativa con cambios en la ley electoral y referéndums vinculantes), de transparencia (no corrupción) y una defensa de los derechos sociales, económicos y políticos que habían estado (y siguen) siendo vulnerados, produciendo más desigualdad.

Se fue luego a los barrios, vinieron luego el 15O, las mareas, las consultas (Agua, Sanidad, ILP) etc y al próximo ciclo político parece que determinadas fuerzas se arrogaron ser en parte herederas del cambio… Aunque tras las elecciones europeas, municipales, autonómicas y generales, van siendo palpables algunos cambios en el juego de fuerzas políticas, no parece que aún las metodologías horizontales ni los mecanismos de participación hayan calado seriamente ni siquiera en lo que podrían ser las denominadas “fuerzas del cambio”, lo común sigue en manos de otras estructuras sobre las que la ciudadanía puede ejercer poco o nulo control.  Continue reading »

Jun 172015
 

Actualmente en la calle se da el siguiente debate entre los activistas y en general la gente que está por un cambio en este país: De cara a las generales, ¿Será conveniente crear una candidatura de amplio espectro tipo Ganemos como “Ahora Madrid” o “Barcelona en Comú”, o la estrategia adecuada será centrarse en Podemos como paraguas “monomarca” más definido u organizado?

Los resultados de las recientes elecciones municipales y autonómicas parecen decantarse por la primera opción. Los resultados municipales de Ahora Madrid (32%) o Barcelona en Comú (24%) han sobrepasado con mucho los de Podemos ha logrado en las autonómicas con un máximo en Aragón (20%), Asturias, Madrid (19%)…  con una media de un 15% (como en Andalucía en las pasadas) pero muchas autonomías alrededor de un 10% y algunas ni siquiera llegan a eso. (Por cierto, es curioso el hecho que las autonomías en las que Podemos logró más apoyo coinciden en líneas generales con aquellas donde tuvieron más éxito las posturas críticas a “Claro que Podemos” en las pasadas elecciones internas a los Consejos Ciudadanos.)

Habrá que preguntarse en primer lugar, las razones de esas diferencias. ¿Sólo por las figuras de Manuela Carmena, Ada Colau u otras? Está claro que eso ha influido y mucho, pero no sólo. En segundo lugar los métodos de primarias empleados han sido mucho más abiertos en el caso de las candidaturas de confluencia (respetando la proporcionalidad con listas minoritarias usando el método Dowdall) que en Podemos (donde se emplean las “listas plancha” que son truculentamente “abiertas” pero mayoritarias y más injustas a la larga que las listas cerradas) pero es que también, en tercer lugar, en las confluencias los programas se han elaborado de manera más participativa colaborativa y abierta que en Podemos, que renunció a la buena costumbre que empleó en las Elecciones Europeas y ahora los elaboró de manera opaca.  Continue reading »

Jul 052014
 

En un momento crucial de la historia del Estado Español, se sigue supeditando todo a la supremacía del texto de la Constitución Española de 1978, esto es, votada ya hace casi 36 años, para justificar cualquier impedimento al propio pueblo soberano, para opinar y decidir sobre la continuidad del régimen y la posibilidad abrir un nuevo proceso constituyente. Lo más curioso y paradójico es que algunos incluso tienen el cuajo de decir que la petición de un simple referendo es “profundamente antidemocrática”. O que no existe nada fuera de la Constitución.

Recordemos que el preámbulo de la vigente Constitución reza que la Nación española proclama su voluntad de (entre otras cosas) establecer una sociedad democrática avanzada. Pues hace tiempo que parece se vulnera el espíritu y objetivos de nuestra actual carta magna

¿Se entiende por democracia avanzada poner a la propia Constitución por encima de las decisiones del pueblo soberano? ¿No parece un momento apropiado para, fallecido Adolfo Suárez, abdicado Juan Carlos I, y trascendida la transición por tiempo y formas, volver a consultar al pueblo español, que es el real soberano? Porque no es sólo que menos del 30% de los españoles votó (a SI o NO en un “pack” indisoluble) la vigente Constitución, sino que el propio sistema electoral de representación se ha demostrado injusto, no proporcional anacrónico y nocivo como analizábamos aquí. Han pasado más de una generación y hoy hay medios técnicos suficientes para mostrar cual es la voluntad general sin tanta intermediación partidaria o temporal (votar cada cuatro años) en lo que ya es un producto desgastado decimonónico. Lo profundamente antidemocratico es, conociendo esto, impedir la llegada de una democracia avanzada.

Y bien, ¿de qué democracia podríamos hablar entonces?. Vamos a ver lo que podría ser realmente una democracia avanzada en el siglo XXI:  Continue reading »

Feb 122014
 

La humanidad vive un momento francamente interesante pero trágico, donde las decisiones de una exigua minoría (y esto lo vemos muy claro en nuestro país pero también a escalas mayores y menores) se están demostrando nefastas para el conjunto. Necesitamos ganar en inteligencia colectiva, y eso hoy es muy posible, insertando herramientas de participación y deliberación basadas en las TIC.

Hoy en día las nuevas tecnologías están cada vez más presentes en todas las áreas de la sociedad. Nos comunicamos con familia, amigos y conocidos por móviles, (y los más jóvenes por email, whatsapp, facebook, twitter, skype…) en nuestras compras usamos una extensa red de cajeros automáticos. Parkings, oficinas de información, servicios técnicos, etc. Podemos hacer compras y contratar viajes por internet, elegir nuestro asiento en el cine, e incluso sellar el paro o pagar multas remotamente. Comprar algo por internet a Honk Kong y tenerlo en 2 días.

En Hacienda podemos hacer la renta con datos complejísimos. Lo último son sistemas para controlar y facilitar el tráfico y incluso “preveer” dónde se dan o pueden darse los atascos…

¿Pero qué pasa con la Democracia? ¿Qué pasa con la voluntad de las personas? Ah, aquí no, aquí volvemos al XIX con urnas de plástico y papeletas con listas de nombres que casi nadie conoce… Y no se ve una voluntad política para cambiar este estado de cosas con 4 falsedades que se repiten hasta la saciedad: que no estamos preparados, que no es seguro, que es caro, que si la brecha digital…  Continue reading »

Jul 122013
 

Actualmente las nuevas tecnologías están cada vez más presentes en todas las areas de la sociedad. Nos comunicamos con nuestra familia, amigos y conocidos por teléfonos móviles, (y los más jovenes por email, whatsapp, facebook, twitter, skype…) en nuestras compras la mayoría usamos una extensa red de cajeros automáticos y terminales móviles. Parkings, oficinas de información, servicios técnicos, etc. Podemos hacer compras y contratar viajes por internet, elegir nuestro asiento en el cine, e incluso sellar el paro o pagar nuestras multas remotamente. Siguiendo con el aspecto económico, Hacienda tiene todos nuestros datos, en muchos casos complejísimos, y sabe en cada momento lo que hemos ganado, y nos facilita la vida pudiendo hacer la declaración con un sólo click, tal como se publicita desde el propio Gobierno. Lo último son sistemas para controlar y facilitar el tráfico y incluso “preveer” dónde se dan o pueden darse los atascos…

¿Pero qué pasa con la Democracia? ¿Qué pasa con la voluntad de las personas? Ah amig@s, ahí la cosa cambia y de repente volvemos al siglo XIX, o peor, el XVIII, cuando no había ni transportes veloces ni radio o televisión y se elegía a los representantes, que tenían que irse, en coche de caballos, a vivir “a la capital” por cuatro años para representar a los votantes de tal o cual lejana provincia, porque era imposible recoger la voluntad popular día a día. Si en el resto de ámbitos comerciales de la sociedad la tecnología ha penetrado y nos ha facilitado la vida, en cuestión de avance democrático (a pesar de que la Constitución recoge ese mandato), cero, seguimos votando una vez cada cuatro años (por cierto aplicando una Ley Electoral demostradamente injusta y anacrónica) llenando urnas de plástico con listas de nombres de personas que en su mayoría no conocemos. Y a esperar cuatro años en los que, además, los programas y promesas electorales se incumplen descaradamente.  Continue reading »